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Hablemos sobre la desinformación en América Latina en temporada electoral durante los últimos años

By marzo 19, 2024No Comments

Como periodistas, un tema al que debemos poner atención es la desinformación, una de las principales amenazas que enfrentamos en la actualidad. Sobre todo en años electorales como este 2024, cuando cerca de la mitad de la población mundial saldrá a votar. Es el caso de varios países de Latinoamérica, una región donde la desinformación está más presente que nunca. 

Este no es un problema nuevo. De una forma u otra, la desinformación ha existido durante siglos. El problema es que en los últimos años ha crecido de manera vertiginosa gracias al auge de las redes sociales. En Latinoamérica esto se hizo más evidente con la pandemia de Covid-19, cuando las redes sociales se inundaron de informaciones falsas o tendenciosas respecto a este y otros temas. El gran problema con esto es que el 70% de la población latinoamericana, casi tres de cada cuatro personas, no sabe identificar una noticia falsa.

 

¿Por qué este es un problema tan recurrente en la región?

En principio, porque una cantidad creciente de personas en Latinoamérica se informa fundamentalmente a través de las redes sociales, donde cualquiera puede compartir información falsa o tendenciosa sin pasar ningún filtro (editorial, ético, especializado). Aún así, esa información puede llegar a cientos o miles de personas gracias a los algoritmos, que privilegian el impacto por sobre la responsabilidad. Es el caso de muchos líderes de opinión (política, religiosa, económica, social), aliados y seguidores. 

Y luego están los sesgos cognitivos, es decir, ciertos efectos psicológicos que pueden influir en que las personas desarrollen una tendencia o preferencia a creer en una cosa y no en otra. Hay tres sesgos fundamentales: la repetición (que puede provocar que las personas asuman que lo que leen, ven o escuchan repetidas veces es verdad, sin detenerse a pensar si es una mentira, una media verdad o un dato sacado de contexto), la “fluidez de procesamiento” (según la cual tiende a ser más fácil a creer algo que resulta fácil y rápido de entender), y el razonamiento motivado (o sea, que tendemos a creer más en aquello que confirma o hace “clic” con nuestras creencias). 

A todo esto podemos sumarle el hecho de que no siempre tenemos los conocimientos o las herramientas para cuestionar la información. Es lo que los especialistas llaman «falta de alfabetización mediática». 

Además, está el hecho de que la desinformación no se trata solo de datos falsos. La red de chequeadores LATAMChequea ha hablado de cómo hay que poner atención a las narrativas que se comparten en la región (muchas veces relacionadas con discursos de odio). Esas narrativas pueden apuntar directamente a las frustraciones, los miedos o los prejuicios de las personas, por lo que se vuelven más difíciles de identificar por las audiencias y, por tanto, más difíciles de desmontar y combatir para las y los periodistas. Algunas de las más comunes giran en torno a temas como la migración, el cambio climático o la política.

 

¿Por qué debemos prestarle atención a este tema?

Básicamente, porque supone un gran riesgo para la sociedad. La desinformación genera desconfianza en periodistas y gobiernos como fuentes, profundiza la polarización, incrementa la posibilidad de conflictos civiles, amenaza el respeto de los derechos y las libertades individuales, alimenta discursos de odio y conspiraciones, y sirve como instrumento de manipulación, entre otras cosas. Ya podemos verlo en las campañas que apuntan a las elecciones que tendrán lugar este año, en las que políticos y seguidores comparten informaciones fuera de contexto o deliberadamente falsas para lograr sus objetivos. 

La buena noticia es que el temor por encontrar información errónea no ha disminuido y es mayor, de hecho, entre las personas que se informan a través de las redes sociales, según un informe de Digital News Report. De hecho, IPSOS encontró esta misma preocupación entre las poblaciones de 16 países en periodo de elecciones generales. ¿Qué significa esto? Que no hay que perder la confianza en las audiencias. Allá afuera hay millones de personas conscientes de los peligros de la desinformación, y podrían sumarse muchos más.

 

¿Qué toca?

Esta, y cualquier temporada electoral, es solo un recordatorio de nuestra responsabilidad de hacer un periodismo riguroso y compartir el trabajo de nuestros colegas y medios especializados en verificación. Pero también de repensar nuestros enfoques y maneras de explicar el mundo que nos rodea. Solo así podremos enfrentar este problema que afecta al periodismo y pone en riesgo a la sociedad.